¿Estamos preparados para el cambio?

Muchos estamos pensando, reflexionando e incluso formulando ideas y propuestas sobre la necesidad del cambio personal y social que tenemos que llevar a cabo para dar respuesta a las demandas que nos planteará la situación postcovid19.

Al margen de reconocer que nadie tiene una certeza absoluta sobre lo que nos depara el futuro de la misma forma que nadie fué capaz de preveer hace tan solo 6 meses la situación que estamos viviendo es bueno que nos planteemos algunas cuestiones sobre la que que, desde mi punto de vista, hoy no forman parte del debate social exclusivamente centrado en como estamos gestionando lo que hemos venido en denominar como deesscalada.

Para introducir las reflexiones que formularé en este post creo conveniente señalar que, siguiendo los criterios que Matthew Taylor formula en https://www.thersa.org/discover/publications-and-articles/matthew-taylor-blog/2020/03/change-opportunity-covid19, todo proceso de cambio requiere tres ingredientes: Desde el deseo subyacente y un requerimiento o demanda social para que las cosas sean diferentes, pasando por la presencia de unos soportes o tecnologías que faciliten su adopción y terminando por un acontecimiento/crisis que creen el impulso o la necesidad de impulsarlo.

Aunque los dos primeros hitos deberían ser suficientes la historia nos muestra que finalmente es la presencia de este acontecimiento el que provoca los dos primeros. Una variable que encaja perfectamente con la situación que vivimos hoy.

Todos los que tendemos a visualizar las oportunidades, tras el choque inicial recibido, tendemos a pensar que el covid19 finalmente no será más que una nueva oportunidad (una vez superado el choque que ha supuesto la pandemia y superada la fase de transición hasta disponer de una vacuna de aplicación universal) y una obligación de tratar de crear un mundo mejor. Un mundo que en todo caso deberá de fundarse en la presencia/puesta en marcha de tres procesos:

  • La reducción de los niveles de desigualdad entre los seres humanos.
  • La presencia de nuevos marcos legales dirigidos a eliminar la explotación laboral.
  • La puesta en marcha de una red social de servicios universal gestinados de forma eficiente.

A partir de los cuales t para consolidar esta voluntad de cambio será necesario formularse y responderse a cuestiones como:

¿Se dan las condiciones para la reducción de los niveles de desigualdad?

Seguimos manteniendo niveles de desigualdad que se han incrementado desde la crisis del 2008. Incluso desde posicionamientos ideológicos “de derechas” se admite que este es un problema real, aunque luego se discrepe en as formulas o medidas a implantar para corregirlo. La pandemia puede (si no hacemos nada) incrementar esta desigualdad. Una realidad que al margen de la distancia entre paises en las sociedades más desarrolladas como las nuestras han puesto en evidencia la vulnerabilidad de determinados colectivos: (inmigrantes, trabajadores no cualificados, jóvenes, personas integrantes del colectivo “tercera edad”).

No existe mejor fórmula para superar esta desigualdad que trabajar a nivel global en la desparición de los “paraisos fiscales” y a nivel más cercano en la la creación de una RBU (renta minina o básica universal), vinculada a un sistema fiscal más progresivo.

Siendo plenamente consciente de las dificultades inherentes a nivel global hemos de tomar en consideración que ningún edificio o pirámide se construye empezando por los últimos pisos. Al margen de otras consideraciones tenemos la absoluta necesidad (de la misma forma como hemos conseguido eliminar el analfabetismo) de minimizar la desigualdad asegurando a todos los seres humanos unos ingresos que percibidos como un derecho básico aseguren un nivel mínimo de subsistencia.

¿Con que criterios deberíamos de plantearnos la reforma de las normas laborales?

La crisis que estamos viviendo nos ha llevado a cambiar el reconocimiento social de muchos trabajos y actividades considerados tradicionalmente como de poco valor añadido y bajo estatus social  y que consecuentemente son compensados con niveles cercanos a la subsistencia: (cuidadores sociales, trabajadores de supermercados, conductores de reparto etc). Y hemos constatado, además, como esta baja consideración social está vinculada a la presencia de formatos laborales con elevados niveles de inseguridad contractual. De la misma forma que crecen los niveles de desigualdad económica crecer los niveles de desigualdad contractual. Es el formato que técnicamente se denomina dualidad.

El nuevo marco legal que, a pesar de las dificultades inherentes a este tipo de prestaciones laborales, debería de tener como objetivo establecer normas del siglo XXI para las actividades de “plataformas”, los trabajadores “ocasionales” y los “independientes”. Nuevos formatos que (a excepción de algunos segmentos muy concretos fundamentalmente relacionados con la tecnología, la imagen o la comunicación) se fundamentan en la presencia de un marco de inseguridad laboral que solamente puede verse compensada con medidas legales de índole laboral pero necesariamente vinculadas a otras en los ámbitos de la fiscalidad y la protección social.

Por razones históricas basadas en los conceptos procedentes de la revolución industrial seguimos vinculando erróneamente los conceptos de trabajo y empleo. El trabajo proporcionado por un trabajador independiente tiende a tener una situación impositiva más reducida. Ello genera dos efectos perversos: Es un incentivo para que las organizaciones opten por ofertar trabajo a a través de este formato (lo que supone menores costes y al mismo tiempo un menor volumen de ingresos fiscales). Por otra parte, (salvo excepciones puntuales) genera menores niveles de ingreso para los “trabajadores independientes” y desigualdades cada vez más constatables en las condiciones de acceso a las prestaciones sociales.

¿Cómo crear una red de servicios universales de calidad?

La crisis ha puesto en cuestión alguno de los principios que, aunque asumidos como una exigencia social, ni eran tan universales como pensábamos ni mucho menos estaban siendo gestionados eficientemente. Estamos constatando cómo alguno de los elementos básicos de de la asistencia social ya implantados han fallado e incluso que (al margen de agradecer el esfuerzo personal de muchos de los integrantes de los sistemas públicos de salud) su realidad precovid tenía muchas ineficiencias que deben de ser subsanadas.

Al margen de otras posibles consideraciones de carácter ideológico (probablemente cada vez menos relevantes en este tipo de contextos) parece existir un consenso sobre la necesidad de un cambio profundo de los sistemas de cobertura social de los que disponemos, muchos de ellos implementados con “buena voluntad” pero que haberse implementado siguiendo criterios e intereses políticos más que en los de carácter social.

El cambio que debemos implementar pasa necesariamente por afrontar y intentar resolver estos problemas. Unas realidades que están ahí y para las que deberíamos de saber aprovechar algunas certezas que hoy (y como consecuencia de la crisis del covid19) están claramente implantadas en nuestra conciencia social y que van desde la evidencia de la fragilidad del sistema pasando por la necesidad de un replanteamiento profundo de nuestro modelo social.

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